sábado, 11 de septiembre de 2010
Me declarò culpable injustamente, el juez ignorò completamente mi declaraciòn, pues al parecer no le agradè por mi mal genio.
Si la matè es porque era revelde y no es mi culpa, yo solo querìa que al llegar a casa este la comida echa y la casa impecable.
La persona por el cual soy culpable de asesinar es mi esposa, ella se lo merecìa por ser aragana y rescarce todo el dìa.
Los desgraciados, por decirlo de alguna manera que me agradara, ,me enviaron a la carcel màs apartada de todo, a una prisiòn en una isla desconocida rodeada por tiburones donde la habitaban los condenados considerados diabòlicos y mal vivientes, pues yo no me consideraba un diabòlico por matar a una reventada.
Me llamaba Chenchulìn Caracù, pero pues por tener barba mis compañeros me pusieron de apodo "barba negra", sin embargo, los treinta y tres nos adiabamos sin razòn alguna.
Un dìa inesperadamente nos sorprendimos por el cambio brusco del clima en la isla, el cielo se puso gris y persivimos una ola gigante queriendo cubrir por completo la isla, logramos escapar pero la ola nos alcanzò, vi que mis compañeros fueron asesinados por los tiburones y fuì el unico que se salvò de ellos.Largo rato despues estando flotando en el agua se me acerca un remolino que logra succionarme y undirme hacia lo màs profundo del ocèano, denro de unos minutos siento que el agua se calma y respiro aire, decido abrir mis ojos y observo un lugar demasiado extraño con bastante gente que daba una impresiòn de que eran malvadas, pero sonreìan y se decìan " llego un alma màs para la espera", entre ellos estaban mis compañeros de prisiòn que habìan sido asesinados por los tiburones pero increìblemente estaban intàctos.
Sè que mis pensamientos eran pesimistas, vivì una vida negra y fuì un mal viviente, pero aquì me explicaron y comprendì que las personas buenas que fallecieron pasaron a otro nivel de vida diferente y yo aquì, como todos los demàs, mi alma espera su turno para reencarnar en un recièn nacido y repetir la vida correctamente.
Fin. Escrito por Gala Estefanìa Aguirre, 2010
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